miércoles, 16 de noviembre de 2011

El poder de los mercados. El pueblo nunca decide




Y con Italia ya son cuatro. Cuatro los gobiernos derrumbados. Cuatro las soberanías populares que palpablemente han quedado en entredicho. En el último año, los gobiernos de Irlanda, Portugal, Grecia e Italia han dimitido y a esto se ha de añadir el adelanto electoral en España.

 La causa: “Los mercados”. Gobiernos que, en todos los casos, fueron elegidos democráticamente. Gobiernos que por malas gestiones, dilapidaciones, falta de previsión, etc., no han sido quitados por el pueblo
-en este último caso hemos podido comprobar cómo el Primer Ministro de la República Italiana, perseguido por escándalos sexuales y de corrupción y amparado por una ley de impunidad vergonzosa, ha sido sometido al arbitrio de los mercados-, ya que no fueron suficientes el poder legislativo, ni el judicial
. Tampoco el de los medios de comunicación ni la presión interna. El único juez poderoso en nuestros días es “El Mercado”.

En los cuatro casos, los pueblos nada han tenido que ver. La soberanía popular ha quedado relegada a la nada. Los estados democráticos han claudicado ante el torbellino financiero. Ante la avaricia sin fondo de estos mercados. Regímenes supuestamente democráticos han puesto al descubierto sus miserias. Se han aireado los trapos sucios de nuestras sociedades. Ya la mentira no tiene más cancha. Ante nuestros ojos se muestra una evidencia que no quiere ser vista, que se quiere sea eliminada. Mientras la ciudadanía no tome conciencia de la realidad, nada podremos emprender.

En España también hemos tenido -y tendremos más- nuestra cuota de imposiciones. Si a los recortes sociales y laborales añadimos la reforma de la Constitución, no podemos decir que hayamos quedado ajenos a la voracidad de la situación. El Artículo 1 de la Constitución Española en su segundo punto dice: “La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Nada más lejos de la realidad.
Ante la posibilidad de referéndum popular en Grecia los actores de esta mascarada, encarnados por dirigentes gubernamentales, BCE, FMI, medios de comunicación y demás títeres, pusieron el grito en el cielo.

¿Cómo es posible que un pueblo elija el camino que quiere seguir? Más claro imposible. Lo que está ocurriendo muestra bien a las claras el vasto poder que poseen y ejercen los medios económicos y financieros en nuestras democracias. No es nada nuevo esto, teniendo en cuenta que para el buen gobierno de una nación, esto es de un pueblo, el apartado económico es de capital importancia. En cualquier sociedad, democrática o no, actual o antigua, el ejercicio del poder económico ha sido, es y será fundamental. Cualquier sociedad que como tal quiera desarrollarse ha de gobernar con la Economía en la mano y de la mano. De cómo actúe en materia económica dependerán las políticas subsiguientes.

Entonces, ¿qué está ocurriendo? La respuesta es simple: el ejercicio del gobierno económico dejó hace tiempo de pertenecer a la soberanía popular. Los pueblos no controlan el aparato económico y financiero que tan necesarios les son para su desarrollo. Los gobiernos, puestos por la ciudadanía, quedan al albur de los poderes que, escondiéndose bajo el término “Mercados” controlan y toman las decisiones. Decisiones que como se comprueba día a día van más allá del ámbito puramente económico o financiero, pues afectan a todos los órdenes sociales ¿Por qué? Porque el control económico y financiero ya no pertenece a la esfera de competencias de una nación, escapa del control soberano del pueblo. Ya no emana de la voluntad popular. 

Dimana de las tórridas aguas del capital privado que, traducido a nuestros días son “Los Mercados”. Son pocas manos, con nombre y apellidos, las que controlan y ejercen las funciones que le corresponderían a toda una multitud. Son éstas las que, por medio del capital, usurpan sus funciones y control a la soberanía popular. Y cuando el capital habla, lo hace con voz de trueno. No entiende de piedad ni de misericordia. No conoce los conceptos de Justicia o de Igualdad. Ni siquiera el de Democracia. Feroz en su razón de ser y a costa de cualquier cosa, trabaja libre en su provecho y desarrolla su voluntad: generar y garantizar plusvalía. Si es a costa de recortar derechos laborales, derechos sociales, salarios, tasas de empleo, igualdades, justicia, etc., no importa. El bien común ha desparecido. El autogobierno de los pueblos se diluye a marchas forzadas.

En un estudio presentado en Diciembre de 2006, el Instituto Mundial para la Investigación de Desarrollo Económico, de la Universidad de las Naciones Unidas, concluía que el 2% de los adultos más ricos en el mundo poseía más de la mitad de la riqueza de los hogares. Las cifras son claras. Ahora ya sabemos a que nos tenemos que atener cuando hablamos de los mercados. La soberanía popular ha de reclamar lo que es suyo: el derecho a gobernarse a sí misma. Para ello los miedos se han de dejar a un lado. Es hora de nuevas propuestas, de cambios radicales en la forma de entender el mundo. Es momento de aunar esfuerzos y remar en una misma dirección, contraria a ésta que nos lleva a la catástrofe. Es tiempo para dar lugar a la Solidaridad, la Justicia, la Lucha y las Ideas. Es tiempo para un cambio real.

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